jueves, 29 de mayo de 2008

Invitación al libro por Mercedes López-Baralt

Enhorabuena, poeta. Le doy – y seremos muchos – la bienvenida a esta poesía que nace auténtica y culta, espontánea y trabajada, callejera e intertextual. Hace tiempo tengo el gozo de conocerla, tanto en la voz de su autor, como en la lectura silenciosa y privada de los manuscritos de algunos de estos versos. Con la revista El sótano 00931, que se estrenara en marzo del 2000 en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, con un número homenaje al poeta Edwin Reyes, Juanmanuel González Ríos dio a conocer sus primeros poemas. Su primera ventana a la luz no podía ser más idónea. Con una hermosa portada que muestra la entrada de nuestro ominoso – por ser reino indisputado del hongo – pero tan querido sótano de Pedreira, y con un título que rinde homenaje a nuestra sempiterna brega (sobrevivir en el mundo de lo posible, como nos lo recuerda Arcadio Díaz Quiñones), Sótano incluía en su primer número una sección de poesía, otra de cuentos y una última de ensayos, todos de la autoría de miembros del colectivo del mismo nombre, entre los que se cuenta nuestro poeta. La contraportada exhibía una fotografía deliberadamente provocadora, con unos pies descalzos que culminaban en enmahonadas piernas, subiendo los peldaños de la escalera del sótano. Provocadora porque los pies pisan papeles y libros abiertos: en el fondo metáfora desacralizadora de la literatura como un arduo camino cuesta arriba, emprendido siempre desde la lectura.

Me gusta evocar estos visuales del primer Sótano porque mucho tienen que ver con la poesía de Juanmanuel González Ríos, iniciada, como la de tantos de nuestros mejores poetas contemporáneos – Edwin Reyes, Angelamaría Dávila, Olga Nolla, Vanessa Droz, Hjalmar Flax y José Luis Vega – en la patria chica de nuestra Universidad, o en sus entornos inmediatos (léase, por ejemplo, el bar La Torre de Río Piedras). Los papeles que sirven de adoquines simbólicos de la vieja escalera del sótano de Pedreira aluden a las lecturas de los jóvenes, que se pelean entre sí en sus versos, en una polémica oculta en la que sólo triunfa la originalidad de una voz nueva.

Es el caso de Juanmanuel, quien convoca, desde el título de su primer poemario, a Pablo Neruda. Cuyo amor por la mapuche Albertina Azócar, que atravesó varios libros, siempre estuvo prendido al silencio que cantara inmejorablemente en el poema 15 de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pero Sobre todo tus silencios es un título engañador, pues el libro abre sus alas en dos, y la primera parte del poemario no puede distar más de la tónica nerudiana, por lo menos en lo que concierne a los poemas cortos que establecen la pauta de esta entrada al poemario. Entrada titulada “de cómo el joven poeta escribió su primer libro”, y que identifica, desde sus tres epígrafes, algunas de las fuentes que nutren la parodia autorreferencial del poeta primerizo: Nicanor Parra, Salvador Villanueva y Roque Dalton. Claro está, no están todos los que son ni son todos los que están. El diálogo intertextual de Juanmanuel es muy rico, y convoca otras voces. Una importante, que no se menciona, es la de Manuel Scorza, el poeta que, como Arguedas, se metiera a novelista del indigenismo andino, sin abandonar jamás la poesía. Algunos títulos de los poemas cortos de la primera parte del poemario nos remiten al humor de los títulos de los capítulos de las llamadas Cantatas de Scorza, las cinco novelas sobre la represión de las innumerables rebeliones indígenas del Perú en el siglo veinte. Humor cervantino allá donde lo haya, que pone sordina al dolor de vivir.

Uno de los poemas más logrados de esta sección es una suerte de haikú de humor negro, reescritura irónica de un hermoso poema breve de Iván Silén, que figurara como graffiti en las paredes de la facultad de Humanidades a inicios de los setenta. Titulado “Los guerrilleros”, en él Silén narraba lacónicamente su fantasía de justicia revolucionaria: “Caminan por las calles / entre la luz y el sueño/ preparan la tristeza / y sienten la sorpresa de los padres / cuando la bomba estalla a ocho columnas en el diario de la mañana. / ¡Los niños se alegran de los muertos!”. Juanmanuel, por su parte, sueña: “si tuviera entre mis manos / una impecable ak 47 / luciría una implacable sonrisa /del tamaño de un niño / el día de reyes / pra pra pra pra pra”. El título abona al humor irreverente: “de cómo el joven poeta solucionaría el problema de status”.

Las fuentes convocadas implícita o explícitamente por el poeta nos deparan sorpresas. Así, el Neruda aparentemente desplazado por las retóricas de la antipoesía y de la poesía conversacional reaparece con un guiño en el poema “ecologista de la extrema izquierda”, con la alusión a “lo más genital / de una hoja”, que apunta inmediatamente al primer canto de “Alturas de Machu Picchu”. Y Darío ve desmontada la solemnidad de su dramático poema “A Roosevelt”, cuando Juanmanuel le arrebata su solitario “¡No!” (sin duda el mejor verso del largo apóstrofe a Teodoro, el presidente imperialista) para insertarlo en un breve poema como antídoto a las tentaciones de la carne. El humor irreverente de esta parte del poemario resulta también espléndido en “de cómo el joven poeta reclama por daños y perjuicios”, poema que concibe el coito como un choque automovilístico de los que el lenguaje leguleyo nombra como head-on collision. Y culmina con el colmo de la autoparodia en un poema de dos líneas: “cuando no tengo nada que decir / suelo ver televisión”. Haikú del mismo espíritu burlón de aquél simpatiquísimo de Hjalmar Flax: “Yo tomaba café. / Hoy tomo té, manzanilla. / Ya usted ve”.

Pero hay otras fuentes. La dedicatoria alude a Miguel Hernández, a Palés y a su colega co-fundador de Sótano, Julio César Pol. Los epígrafes de la segunda parte, titulada “un fin de semana en el abismo”, nombran a Julio Verne, a Baudelaire, a Angelamaría Dávila, a José Mármol. La tercera parte, “sobre todo tus silencios”, nombra desde sus epígrafes a Eliot, a Lorca, a Mario Benedetti y otra vez a Edwin Reyes. Esta diversidad de voces convocadas al banquete intertextual – que incluye también a importantes figuras de la música popular contemporánea, como Mecano, Joaquín Sabina, Armando Manzanero y Joan Manuel Serrat (vale recordar que el poeta también es cantor) – es índice indudable de la amplitud del registro poético de Juanmanuel González Ríos. Y que en el poemario que comentamos se evidencia en la breve presencia de tres libros diferentes, que en él coexisten en estado embrionario. De ahí que su libro inaugural yuxtaponga retóricas que en nuestra historia literaria reciente fueron antagónicas, como la de la antipoesía y la nerudiana de las Residencias en la tierra. También entrevera actitudes vitales contradictorias, que muestran que el corazón humano, como el mundo que dijera Ciro Alegría, es ancho y ajeno. Hay una polifonía de voces en sus versos: la frivolidad erótica se opone a la pasión más tierna, el escepticismo al compromiso político, el amor filial al abismo de la violencia. Se trata, a fin de cuentas, de varios poetas: un cínico buscavidas del amor; muchas veces, un poeta sentimental y patriota en la inhóspita posmodernidad electrónica; otras, un joven cuya niñez le pisa los talones.

La tensión que marca a este pequeño libro múltiple palpita vibrante en uno de sus poemas más hermosos, el último, de título homólogo al del poemario. Hay un elocuente desencaje entre la retórica infantil y el tema del erotismo. Digo elocuente, porque esta tensión no hace sino apuntar al desamparo, a la orfandad humana ante el misterio. Misterio de Eros; también misterio de Thanatos. Esta vez en el potente poema anterior, “a orillas del otoao”, en el que, ante el terror, el poeta se enrolla como un ovillo, otra vez en la infancia.

Misterio: otro nombre para el silencio que funda la poesía y que bautiza el primer libro de este joven y rotundo poeta.

-Mercedes López-Baralt-
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico- Río Piedras