jueves, 29 de mayo de 2008

Un breve acercamiento a “sobre todo tus silencios” de Juanmanuel González Ríos

En este texto el silencio se me hace punto de partida. Apertura. Piedra angular. Preámbulo. Tensión que precede al momento determinante de un estallido. El de la palabra que apuesta a (y que, finalmente, quiere) ser registro (auto)reflexivo de las instancias en torno de las cuales se construye este poemario, las mismas que terminan por formar el grosor temático del libro. Silencio generador (y activo) de un espacio capaz de fundar un estadio discursivo prioritariamente testimonial que dé cuenta tanto del oficio poético como de la experiencia de un sujeto que cruza de la angustia al desparpajo (y viceversa).

Desde tal perspectiva, y a raíz de su función de orientar todo el conjunto de forma integral (el del poemario), leo, entonces, el primer poema de este libro. Ante la ausencia de signos de puntuación, el texto permite una doble lectura del primer verso: "Vuélvete, palabra..." o "Vuélvete palabra...". Yo prefiero la segunda. Un mandato que, en la misma medida en que introduce el despliegue apalabrado que adviene en consecuencia hasta el significativo "punto y aparte" del último poema, se revela como un enunciado que concreta en el acto su misma manifestación. Silencio vuelto palabra.

Entre la operación mágica que delata el título del primer poema y la queja confesional en que deriva el último texto del poemario (el mismo que le da nombre) hay un movimiento que me interesa señalar, pues me parece de suma importancia para emprender una lectura de la totalidad del texto. Éste es un movimiento descendente (y a raíz de ello: estructurador). El joven poeta que toma la palabra en la primera parte del libro se presenta en los primeros textos como abducido por una cierta luz aparentemente vaticinadora que da la impresión de posicionarlo en la altura del pequeño dios huidobriano, por decirlo de algún modo. Al principio su voz es la de un mago ("abrapalabra") que, titánico (y olímpico y nietzscheano) en sus proporciones, es capaz de hallar a la altura de su ombligo la osamenta de dios ("close encounter") y burlar la muerte ("frente al espejo") para lograr –a diferencia de sus "compañeros escritores"- la autenticidad escritural "sobre la espina dorsal de los árboles" o –nerudianamente, como muy bien dice la Baralt- "en lo más genital de una hoja" ("ecologista de la extrema izquierda").

No obstante, todo ello no es más que un juego de luces de bengala, una suerte de mascarada que rápido cede el paso a una voz más precaria y, por lo mismo, realista (sobre todo para estos tiempos de desencanto) que suele mantenerse hasta el final. Acontece, entonces, otro sujeto que, aún bajo la forma del joven poeta, reduce el alto aliento lírico del poetazo del principio al tufillo etílico e informal del tipo que asume el acto creador desde un entorno más inmediato y certeramente urbano. Un tipo que toma sus cervezas al mediodía mientras pone a enjuagar sus palabras un domingo cualquiera ante la barahúnda del barrio y la burundanga cotidiana ("¿tristes trópicos?"). Un tipo que emprende la gesta amatoria y social a través de la parodia y la intertextualidad desenfadada, del cliché y la reflexión antipoética. Un tipo que, tras superar la momentánea tentación del Olimpo, deviene espectador de T.V. en los momentos de la nulidad poética ("Hay que volver a los televisores de piedra", dice Parra). A mí, en lo personal, me parece muy acertado este movimiento. Maquinaria poética rebajada para que funcione al nivel de la humilde estatura de lo humano.

La segunda parte de este libro –la más ambiciosa, a mi parecer- le debe mucho a la masmédula de Girondo. Tras el juego de palabras de estos textos y de su caja de resonancia, lúdica por de más, uno descubre, sonriente, la sombra del argentino. Estos poemas dialogan con el almamasa de la mezcla con que el poeta adhiere sus puentes. Precisamente, esta segunda parte puede leerse como un gozne que permite el junte de las otras dos.

En la tercera parte -vallejiana, por cierto- intuyo algo que me tienta –cosa que no me atrevo del todo- a postularlo como matriz del sentido general del libro en sí. Ese algo radica en el dolor que predomina en estos últimos textos. Quizás el estallido de la palabra al que me referí antes -ese romper en bruto el silencio-, tenga como fin el nombrar el dolor (al fin y al cabo "la luna se divisa desde todos los charcos") con el propósito de someterlo al alivio de las lágrimas.

En general, éste es un poemario húmedo. Me refiero a que hace constante alusión a las aguas: la lluvia, los charcos, el llanto, etc. Creo que el llorar –metonimia de los abundantes aguaceros de la primera parte- tiene una función importantísima aquí: "llorar nos hace grandes". El agua, con su constante movimiento, purifica, limpia, higieniza, cura. En esta última parte el joven poeta, mediante una suerte de desdoblamiento o de transferencia (al respecto el papel del hijo es de verdadera relevancia) reconoce su madurez (no la del oficio de la escritura –que de esa no cabe duda-, sino la del sujeto humano que ficcionaliza). Vivir es sufrimiento, pero sufrimiento no absoluto: "llórame lloremos llora. / llorando nos hacemos libres". Así, el joven poeta de este texto, en un ademán iniciático, transita por el abismo de la palabra y el dolor que ésta arrastra en su enunciación para abarcar el imaginario reconstructor de las lágrimas. Y conseguir, en consecuencia quizás, de nuevo el silencio. En ese sentido, el silencio también puede ser leído como llegada. Finalidad. Regreso.

A mí me parece que éste es un texto maduro y pensado que merece su publicación. Es la contraparte de las Confesiones de Juan Pedro Gratitud. Si en las Confesiones predomina la imposibilidad de una salida ante la desgracia del sujeto, éste brinda una posibilidad de agenciar una línea de fuga. Late bajo su superficie toda una visión de mundo. Más allá del desparpajo y de la ironía de muchos de sus textos hay una postura ética. Tener conciencia del sufrimiento es razón suficiente para emprender la tarea de su superación. Sigue resonando Vallejo hasta el final.

Federico Irizarry Natal
Chile,2006